Lejos de Indochina
Que la pareja formada por Gertrude Stein y Alice B. Toklas hizo de la gastronomía una forma de arte no es probablemente un secreto para nadie. Eso sí, las funciones de cada una siempre estuvieron muy delimitadas: Stein, en su condición de escritora-escribiendo (de este modo se autodenominaba: no hay que olvidar que el ego de Stein era inconmensurable, tal vez como compensación por su triple hándicap de ser mujer, lesbiana y judía), necesitaba desvincularse de los asuntos terrenales y le dejaba a Toklas plena libertad en todo lo relacionado con la alimentación de ambas. En cuanto a ésta última, se deleitaba, no sólo seleccionando y probando nuevas sugerencias culinarias sino asimismo participando en la elaboración de los platos más selectos. No es sin embargo en los libros gastronómico-testimoniales de Toklas donde Monique Truong encontró la inspiración para ‘El libro de la sal’, sino en un texto de Stein en el que la abanderada cultural del pasado siglo mencionaba a un cocinero vietnamita que durante un tiempo trabajó para la pareja y quien acabó, imaginación mediante, servido como el plato principal de esta historia.
«Cocinero interno. Dos damas americanas desean contratar un cocinero. Rue de Fleurus, 27. Razón: el conserje». Con este anuncio publicado en un periódico parisino se inicia una relación de cinco años entre las dos mujeres, una de ellas figura clave en el ambiente artístico de su época, y el joven inmigrante de la Indochina francesa, el cual, tras haber sido repudiado por su padre tras el escándalo sexual protagonizado con el chef de la Casa del Gobernador en Saigón, se enrola en un barco mercante que finalmente recala en París. Si bien el exiliado Bính es por tanto el plato rey de este menú literario, los ingredientes que le sazonan no son desdeñables: ya sabemos que en ellos se encuentran las que Bình define como «mis mesdames» -GertrudeStein, en una sola palabra, y Alice B. Toklas- , las cuales reciben, en su salón parisino del 27, rue de Fleurus, a lo más granado de la intelectualidad y del gremio artístico de la época, desde Fitzgerald y Hemingway, a Matisse, Picasso o Cézanne. Otros aderezos importante son, El Hombre del Puente, en quien el lector reconocerá a un clandestino y melancólico Hô Chí Minh -el cual por esos días también había huido de la capital a la que aún le faltaban varios años para ver cambiado su nombre de Saigón por el de Ciudad Hô Chí Minh- , y El Hombre de los Domingos, innominado miembro de la Generación Perdida asiduo al salón de las ‘mesdames’ y amante dominical de Bình.
Los aciertos de ‘El libro de la sal’ son varios. Tal vez el mayor sea la habilidad con la que la autora sortea los tópicos que podrían haber convertido este libro en un recetario novelado y rebozado anécdotas rescatadas de la vida de las ‘mesdames’ y de sus ilustres invitados. Truong consigue sin embargo mantener el ritmo de un texto en el que, debido a la profesión del protagonista, la cocina es importante, aunque sin traspasar los límites que requiere la pura narración: la sal de este libro no identifica únicamente al producto culinario estrella sino a los minerales contenidos en ese mar que separa al protagonista de su vida pasada, en las lágrimas y en el sudor. Una metáfora, no sólo de la nostalgia y de la fatalidad sino también, y esto cabe ser destacado, de una caliginosa esperanza, adecuadamente servida a modo de postre.
Fuente: DiarioSur

